En efecto, tres gritos lejanos, al parecer de un ave nocturna, llegaron á los oidos de los viajeros.

—Y bien, contestó el jóven á su interlocutor, ¿qué tenemos con eso? si ha cantado, contéstale tú con una copla de cadenas, de aquellas que sabes improvisar.

—Parece imposible que se burle su merced de esas cosas que á mí me dan tanto miedo.

—Y tambien lo parece que un hombre como tú, que rinde á un toro por los cuernos, que se ha echado á un rio crecido por salvar á quien no conocia, y que ha reñido con tres negros cimarrones á la vez, tenga temor por esos cuentos de viejas.

—No son cuentos de viejas, niño; y la prueba de esto es esa cruz que hemos pasado ahora.

—¿Y qué tiene que ver la cruz con el pájaro malo?

—Si su merced supiera lo que significa esa cruz, y porque se puso en donde está, no me haria esa pregunta.

—Yo no sé mas, sino que en el mismo sitio mataron á uno y, como es costumbre, han puesto una cruz para que los caminantes rueguen á Dios por su alma.

—Pues hay mas que eso.

—Vaya, veo que quieres contarme un cuento, que de todo tendrá menos de verdadero.