La ópera escogida fué Los Lombardos, que cantaron la Vittadini, la Cocco, Salieri, Galliani y Manensi.

De lo que resultó aquella primera función dan noticias los periódicos de la época que entonces veían la luz en la capital, y el Diario de Sevilla hacía la más completa descripción, apurando todos los adjetivos y frases hechas, que ya se usaban entonces y de las que tanto se ha abusado después por los revisteros de teatros.

Por cierto que un periódico que á poco se publicó, llamado La Platea, apareció llevando en la portada una vista de la sala del coliseo grabada en madera, que, aunque de tosco dibujo, da idea de cómo estaba en sus comienzos el interior del teatro, con su gran lucerna de aceite pendiente del techo, sus anchas lunetas, su tertulia de señoras y su telón primitivo, pintado por D. Antonio Cabral Bejarano.

No deja de parecerme de alguna curiosidad el consignar los precios del abono para aquella temporada, que constó de sesenta funciones, y que eran en esta forma:

Palcos plateas, 1.260 reales.—Palcos principales, 1.080.—Palcos de tornavoz, 900.—Anfiteatro, 200.—Lunetas, 200.—Delanteros de tertulia, 90.—La entrada costaba tres reales, y las noches de estrenos de óperas ó de iluminación, llegaba á una peseta.

Los Lombardos debieron gustar bastante al público, pues la ópera se representó, después del día de la inauguración, en cuantas noches hubo espectáculo hasta el 2 de Enero de 1848 y á la citada obra siguieron Sonámbula, Atila, Lucrecia Borgia, Hernani y Favorita.

De todas estas, Atila fué la que por entonces más agradó, poniéndose muy en boga su partitura en Sevilla, hasta el punto que no había tertulia más ó menos cursi, donde no fuera de rigor cantar algún trozo de Atila, por la joven romántica ó el enamorado galán.

Tres eran los teatros que á la sazón había abiertos en Sevilla: el Principal, el de la Misericordia y el de la Feria, y en ellos funcionaban en aquel tiempo tres compañías dramáticas, que entusiasmaban con El terremoto de la Martinica, La terrible noche de un proscrito, Marta la romantina, El campanero de San Pablo.

Ninguno de los tres teatros sintió como el viejo Principal la apertura del de San Fernando, rival desde aquel día, y rival terrible, del coliseo que la famosa Sciomeri había inaugurado á fines del siglo XVIII, y por el que habían pasado tantas alternativas prósperas y adversas.

Y así ocurrió, en efecto; desde que se inauguró San Fernando, el Principal sintió los desastrosos efectos de una competencia, á la que más tarde tuvo que sucumbir.