Dulce recreo del espíritu fatigado de las luchas de la vida, descanso inefable para el alma enmedio del continuo tráfago que nos rodea, experiméntase con la lectura de su obra de V.; por más que luego, cuando la razón nos lleva á establecer el contraste entre lo pasado y lo presente, sea mayor el desencanto ante la realidad abrumadora.

¡Cuántas veces he buscado reposo para mi espíritu en muchos de los parajes que V. describe, y cuántas hallé consuelo en otros que traen siempre á mi mente memorias juveniles, recuerdos imperecederos de impresiones que no han de repetirse jamás. Á medida que nos vamos alejando de aquellos días, parécenos sentir más íntimo goce al recorrer los sitios queridos; y si por acaso el árbol que entonces nos dió sombra, la vieja arcada en cuya penumbra nos ocultamos, ó la casa albergue de nuestros amores caen á los golpes del hacha ó de la piqueta, sentimos una gran pena, como si al desaparecer se llevasen tras sí un pedazo de nuestro corazón. Mientras que existieron aquellos mudos testimonios, tan elocuentes para nosotros, nos forjábamos la ilusión de que nada había cambiado; pero al quitarlos de nuestra vista, al borrar por completo las huellas de lo que un día fué para nosotros motivo de inefables dichas, sentimos un vacío tan grande, que nada hay bastante para llenarlo.

De poco tiempo á esta parte hemos visto ya desaparecer muchos edificios, para lo cual hanse pretextado en la mayor parte de las ocasiones motivos de utilidad común; y al paso que vamos irán cayendo otros, ya porque no se atendió á su vetustez oportunamente, ya por las exigencias de las mejoras públicas. Hay algunos, sin embargo, que yo tiemblo ante la idea de verlos por tierra: si tal sucediera, ¡ojalá que antes haya yo emprendido el gran viaje!

Usted seguramente, que conoce á palmos nuestra Ciudad; que al recorrer sus calles se habrá detenido tantas veces para fijar su vista en una antigua portada, cuyos carcomidos sillares ostentan aún en sus resaltos las huellas de hábiles canteros; V., que habrá gozado descubriendo á través de las capas de cal el contorno de un nobiliario escudo ó los mutilados medallones que adornaron sus enjutas; que al internarse por las angostas callejas de apartados barrios se habrá sorprendido al ver, ora elegantísimo ajimez, ora una delicada y florida reja, ya un trozo de plateresca yesería, ya una techumbre de alfarje; y V., finalmente, que conoce los secretos que cada una de aquéllas guarda para los profanos, estoy certísimo que al recorrer las de la collación de San Marcos, según decían los antiguos, habrá V. más de una vez enderezado su camino, y recordando al manco sano, al regocijo de las Musas, por las que conducen al monasterio de Santa Paula. Empujado el postigo que facilita el ingreso al compás de su iglesia, ¿no es verdad que al fijar los ojos en el conjunto que allí se aparece, experiméntase una impresión tan profunda, que tarda mucho en borrarse? Con efecto; ¿qué artista podría haber imaginado cuadro más bello, más poético, de más dulce melancolía, ni qué paleta posee colores para interpretarlo con toda la brillantez de la realidad?

La Naturaleza y el Arte parece que á porfía en él derrocharon sus encantos, sin que sea posible decidir cuál sobrepuja, ni cuál vence. De una parte los blanquísimos muros del templo, sobre cuyas rojizas tejas álzase elegante y correcta espadaña; más allá la singular y famosísima portada, cuyos brillantes azulejos, al ser heridos por los rayos del sol poniente, semejan finísimas placas esmaltadas con reflejos de nácares y oro; y resaltando sobre el diáfano azul del cielo, los oscuros sillares del ábside, con sus fantásticas gárgolas, sus calados antepechos, sus ventanales festoneados de frondas, sus flamígeras tracerías y su torrecilla octogonal, recuerdo de las tradiciones artísticas mudéjares. Al pie del monumento, en el fondo del compás, ocultando la blanca casita del capellán, crecen los rosales y las madreselvas, las campanillas de colores y el caracol real, que, después de trepar por los troncos de las palmeras y de enlazarse á sus ramas en mil giros, quedan pendientes de sus copas, formando ligeros festones, que agitan las brisas de la tarde: los nevados almendros resaltan sobre el fondo oscuro de los naranjos, y las adelfas, con sus flores de color de rosa, aparecen entre las menudas hojas de un viejo olivo. Á la izquierda, el huertecillo cubierto de amapolas y de silvestres cardos, y en los arriates matas de claveles y girasoles. Por detrás de las tapias descuellan los cañaverales y altos cipreses de la huerta del convento de Santa Isabel, detrás de cuya correcta espadaña yérguese majestuosa la elegantísima torre de San Marcos, la cual parece que aún llora la suerte de sus constructores, relegados á los arenales del África. Por último; cien torres y cúpulas dibujan sus elegantes perfiles á lo lejos entre los oscuros tejados y las azoteas coronadas de tiestos con mil suertes de bellas y fragantes flores.

Á la caída de la tarde, cuando los últimos rayos del sol iluminan el ábside, la portada y el huertecillo; cuando miriadas de golondrinas acuden á buscar sus nidos bajo el gran alero de la iglesia, y las aves con sus trinos despiden al día que muere; cuando la naturaleza toda parece que se paraliza y el augusto silencio es interrumpido por las notas graves y armoniosas del órgano acompañando los cánticos de las religiosas, no es posible permanecer indiferentes; sentimos algo grande que conmueve nuestro sér, que hiela nuestra sangre, que paraliza nuestros movimientos; emoción profunda, indefinible, misteriosa, que despierta en el alma deseos sin nombre, aspiraciones infinitas, ecos alegres de lo pasado y tristezas de lo presente, precursoras de la vejez que se aproxima...

Á la sombra de estos árboles, entre los rosales y las madreselvas, en las penumbras del templo sacrosanto, enmedio de la agreste soledad, arrullados por el trino de las aves ó por las majestuosas armonías del órgano y de los cánticos religiosos, ¡cuántas veces he deseado dormir el sueño eterno!

Y no es este el solo rincón de nuestra Ciudad querida adonde hallaremos siempre motivos sobrados para dar rienda suelta á los más íntimos sentimientos: sigamos la margen del río desde la Puerta de San Juan hasta la de Macarena, y á cada paso tendremos que detenernos: de una parte el convento de Santiago de la Espada con su ábside románico-mudéjar, cuyos sillares conservan aún los misteriosos signos de sus canteros masones; de otra la magnífica atalaya que fabricara el infortunado don Fadrique; más allá las heterogéneas construcciones del monasterio de San Clemente; después las murallas romanas, las huertas y ventorrillos, la inmensa mole testimonio de la caridad de los ilustres Duques de Alcalá, y á lo lejos las ruinas del monasterio de San Jerónimo...

Pero ¿á qué seguir? V. sabe como yo dónde están esos parajes; V. los ha recorrido mil veces; la curiosidad le ha llevado á conocer la historia de cada uno, y como resultado de sus observaciones y de su amor patrio ha compuesto el interesante libro que tengo á la vista.

¡Qué lástima, amigo mío! V. con su buen talento, su carácter investigador, su genio alegre y su juventud, fuerza es decirlo, malogra esas cualidades y emprende un camino extraviado. Sus sacrificios, sus entusiasmos y su amor á Sevilla valdrán á V. menos, mucho menos, que si fuese muñidor en unas elecciones!!...