Además de sus importantes Notas á la Historia de Puerto Rico, escribió y publicó un Tratado de Agricultura, un extenso estudio sobre El derecho prohibitivo y la libertad de Comercio en América, otro sobre El Padre Didón y los Alemanes, una colección muy notable de artículos sobre asuntos varios, y otra de Discursos y Conferencias, y dejó inédita una obra histórica, á la que se dedicaba con gran amor en sus últimos años, y que tenía por título Jovellanos y su tiempo.
Los dos artículos suyos que se insertan á continuación de estas líneas, fueron escritos bajo la impresión de la lectura de dos famosos documentos relativos al sitio de París, y publicados en El Progreso—1870.
LA CARTA DE VÍCTOR HUGO Á LOS ALEMANES.
Pulsar las cuerdas de la lira y enviar al corazón ora piedad, ora terror, como Shakespeare y Calderón, es arduo y glorioso.
Luchar con todo linaje de obstáculos, perseverar en la acción bajo la fe de una idea, como Colón y Lincoln, es colocarse en el más alto punto de la escala moral.
Vivir no sólo en las puras regiones del sentimiento, sino abandonar también su atmósfera tranquila para mostrarse actor en los más graves conflictos de la humanidad y en medio del desencadenamiento de las pasiones más brutales, inspirándose siempre en la idea sublime del Derecho, es á la par y de consumo arduo, glorioso y culminante.
Las raras dotes que esta asociación extraordinaria presupone, embargan la mente.... Y sin embargo, nuestro siglo, inmensa masa en fusión, palenque abierto á todo género de pensamientos y empresas audaces, nos ha presentado muchos ejemplos de esta asociación extraordinaria. En sus victorias y derrotas, en sus catástrofes políticas, en sus descubrimientos maravillosos; resumiendo, en sus luchas continuadas con lo pasado y con la materia, ¡cuántos grandes hombres no se destacan! ¡cuán absorta no ha quedado nuestra mente en su contemplación!
Victor Hugo, terminado apenas el largo ostracismo á que le condenó primero la usurpación y en que le retuvo más tarde la conciencia de su derecho, y en pie sobre los muros de París, sitiada por los alemanes, dirigiéndoles su voz, ofrece un nuevo y magnífico ejemplo del genio en harmonía con la acción.
Él, con su imaginación dantesca, tan fecunda en la creación de episodios originales y dramáticos, no imaginó nunca ninguno tan original y dramático como el en que acaba de ser actor principal. En los tiempos futuros, cuando un nuevo Homero cante el sitio de esta nueva Ilion, la figura del gran poeta y del elocuente defensor de la abolición de la pena de muerte se elevará radiante en medio de la de sus émulos y compañeros.