Abundan en el vasto campo de la Historia numerosos ejemplos que son demostración elocuente de ese principio "No hay acción sin reacción." Sin ir más lejos, la historia entera de la vecina isla de Santo Domingo no es, á los ojos del filósofo, más que una serie sucesiva de oscilaciones sujetas á esa ley. Sin ir más lejos, el entusiasta tributo que paga Mr. Dupanloup al estandarte libertador de Juana de Arco, que se conserva en la ciudad de Orleans, es otra demostración de ese principio: la ilustre heroína condenada al fuego en Rouen por el Obispo de Beauvais, que temía perder, si se mostraba justo, su favor para con los ingleses dominadores de su Patria, obedeciendo así á los mismos sentimientos que Pilatos, es hoy invocada por otro Obispo francés, como el emblema de la abnegación, para lanzar del suelo sagrado de su patria al invasor que lo profana.

¿Pero qué más, cuando la cruz, suplicio afrentoso del esclavo entre los antiguos romanos, es hoy el símbolo de la redención del género humano?

La convicción profunda en la verdad de este principio es lo único que puede explicarnos la serena tranquilidad con que Mr. Lincoln se consagró al cumplimiento de su misión, al aceptar en 1860 la Presidencia de los Estados Unidos de América. Estaba convencido de que Washington sería su Jerusalén, y fué á Washington. Nos parece oirle cuando en una ocasión solemne exclamó: "¡Ay de aquel por quien el escándalo venga! Así habrá de decirse ahora, á fin de que los juicios del Señor sean al mismo tiempo verdaderos y justos."

Mr. Dupanloup, aunque no tan grande como Lincoln, posee iguales convicciones. Por eso nosotros, después de haber publicado su elocuente carta en el número anterior de El Progreso, le hemos consagrado estas ligeras reflexiones, que sabemos no tienen otra especie de mérito que el que pueda comunicarles el original, donde hemos procurado inspirarnos, á fin de que nuestros lectores se fijen más en las sanas doctrinas que lo recomiendan. Si la carta de Mr. Dupanloup es un nuevo esfuerzo intentado por un hombre ilustre, para poner término á los horrores de la guerra entre dos potencias cristianas, también es un código de los eternos principios de justicia y de equidad que deben presidir la gobernación de las naciones, y hasta las relaciones privadas de los ciudadanos de todo pueblo civilizado.

ALEJANDRO TAPIA.

Nació en la ciudad de San Juan, en 1827.

Hizo sus primeros estudios en el Colegio del conde de Carpegna, en esta Capital, y terminó en Madrid su educación literaria.

Tuvo desde niño una gran afición al cultivo de las letras, y en especial á la poesía.

En las frecuentes visitas que Tapia hacía á las Bibliotecas de Madrid, con objeto de ampliar sus conocimientos literarios, conoció al ilustrado bibliófilo cubano, don Domingo del Monte, cuya amistad le fué muy útil, y por indicación de éste y auxiliado por otros jóvenes portorriqueños residentes en la capital de España, reunió Tapia documentos de mucho interés histórico para Puerto Rico, y con ellos formó la colección que dió á la estampa en 1854, con el título de Biblioteca Histórica Puertorriqueña.