Era la víctima resignada al sacrificio.
La víctima humilde y fuerte, el alma cristiana que sufre la miseria de la vida en su manifestación más dolorosa sin rebelarse contra la voluntad de Dios.
En vano esperé que Amparo diese una muestra de debilidad ni de impaciencia.
Continuaba inmóvil y tranquila: pero con una tranquilidad que me desgarraba el alma.
Yo sufría de mil maneras distintas.
Primero, el inmenso infortunio de Amparo.
Después mi propio infortunio.
Luego sentía celos; unos horribles celos.
Yo no podía dudar que un amor malogrado, un amor sin esperanza, era la causa de la desolación de Amparo.
Yo hubiera dado toda mi vida, por sentirme amado un solo momento y de aquel modo por Amparo.