—¡Nunca!
—¿Ni aun por un asunto de honor?
—Me horrorizaría un hombre que por una cuestión de honor hubiera matado a un semejante suyo... ¿y estos libros?... añadió pasando con la mayor facilidad de un objeto a otro. ¡Novelas!... Creo que en lo peor en que puede ocupar un hombre su talento, es en escribir novelas.
—¿Por qué?
—¿No basta la vida real? ¿qué necesidad hay de exagerarla?
—La novela enseña.
—La novela vicia las costumbres.
—Eso lo dirá el padre Ambrosio.
—Sí por cierto; y basta para mí que el padre Ambrosio lo diga: es un ángel... ¡Ah! el padre Ambrosio sabe que vengo a almorzar con usted.
—¿Y qué te ha dicho?