—¡Buscaba usted a Amparo!—me dijo.

—Sí... en efecto, una joven...

—Que encontró usted hace seis años a media noche en la calle...

Y los ojos de la joven se llenaron de lágrimas...

—¡Amparo!—exclamé, reconociéndola al fin.

—Sí, yo soy Amparo—me contestó dominándose y sonriendo tristemente; yo soy su protegida de usted.

Y calló, me indicó el sofá, y fue a sentarse junto a él en un sillón.

Seguimos guardando silencio por algún tiempo.

Yo la contemplaba con asombro.

Quisiera poder describirla.