—¿Y esa mujer puede...?
—Ya lo creo... pero si os ayuda, será necesario que vos la ayudéis.
Y el rostro del bufón, al decir estas palabras, tenía algo de terrible.
—Vamos, pues, vamos—dijo Montiño alentando una esperanza—; ¿y está muy lejos la casa de esa comedianta?
—No, no por cierto; en la calle Ancha de San Bernardo.
—Pues he aquí que estamos en la plazuela de Santo Domingo.
—Y dentro de poco estaremos á su puerta.
En efecto, poco después el bufón llamaba á la puerta de la Dorotea.
Salió á abrir Casilda.
—¡Oh! ¡bien venido seáis, tío Manolillo!—dijo la joven—; no sabíamos qué hacer con la señora; está terrible. Entrad, entrad. Pero ¿quién es ese que viene con vos?