—¿Y si no me hubiese casado?...
—Si no os hubiérais casado... sí, vuestra... vuestra; por lo mismo me alegro de vuestro casamiento... me alegro de ese imposible puesto entre los dos.
—Pero sois desgraciada... ó no me amáis como decís...
—Os amo más... mucho más... ¿no notáis que cuando estoy á vuestro lado soy feliz?
—¡Asoman las lágrimas á vuestros ojos!
—Puede ser... puede ser... sí, es verdad; que queréis... ¡soy tan infeliz!—Y la pobre Dorotea se desplomó, lloró y se cubrió el rostro con las manos.
—¿Y queréis que no tenga remordimientos?
—No los tengáis.
—¡Os he hecho desgraciada, sin poderlo evitar!...
—¿La amábais?...