Don Juan hizo un esfuerzo y salió.

Dorotea se quedó mirando de una manera imposible de hacer apreciar á la puerta por donde había salido el joven, y no reparó en que apenas aquél había desaparecido, el bufón había abierto las vidrieras de la alcoba, había adelantado en silencio, y se había sentado en la alfombra á los pies de Dorotea.

No había querido salir por la puerta de escape, y lo había oído todo.

—¡Eres mujer perdida!—dijo con voz ronca.

Al sonido de la voz del tío Manolillo, Dorotea dejó de mirar á la puerta, y miró al bufón.

La ansiosa, la profunda mirada de éste, la estremeció.

—Sí, soy una mujer despreciable—dijo contestando á las palabras del bufón.

—No; no he querido decir eso—dijo el tío Manolillo—. Quiero decir que te has perdido. No has sabido empezar á vengarte... á vengarte de una manera horrible.

—¿Qué hubierais hecho vos en mi lugar?

—¿Qué hubiera yo hecho?—exclamó el bufón sonriendo de una manera espantosa, y dejando ver su blanca dentadura que se entrechocaba.