—Señor duque—dijo tranquilamente doña Juana—, mirad que os oye el duque de Gandía.

Y señaló á su pequeño hijo.

—Pero sois libre...

—No por cierto, porque aún vive mi honor.

—¿No confiáis en el mío?

—El vuestro está tan enfermo, que dudo mucho que no muera si no le curáis á tiempo.

—¿Qué decís, señora?

—Que si yo soy libre, vos no lo sois.

—¡Ah!

—Sí; doña Catalina, vuestra esposa, tiene en mí una buena guardadora por lo que toca á sus derechos.