Doña Juana detuvo el aliento y escuchó de nuevo.
Pasó algún tiempo y los dos golpes se repitieron.
Por aquella puerta, condenada hacía mucho tiempo, y demasiado fuerte y bien cerrada para que pudiese libertarla de tener miedo, no podía llegar nadie como no fuese alguno de su servidumbre íntima, que tuviese interés en decirla algo secretamente, sin pasar por las habitaciones donde dormían la dueña y las doncellas de servicio.
Doña Juana se levantó, se echó por sí misma un traje y se acercó á la puerta, á la que llamaban por tercera vez.
—¿Quién llama?—dijo en voz baja.
—Tomad lo que os doy por bajo de la puerta, y con ello mi corazón y mi alma, hermosa señora—dijo una voz tan desfigurada, que la duquesa no pudo reconocer.
Al mismo tiempo sintió el roce de un papel por debajo de la puerta.
Bajóse la duquesa y tomó el papel.
Era la carta que había compuesto para ella el duque de Osuna.
Se fué, latiéndola el corazón, á la luz, y leyó el doble contenido que ya conocen nuestros lectores.