—¿Sois vos el señor Francisco Martínez Montiño?—dijo Juan Montiño adelantando.
—Sí, por cierto, que así me nombro—contestó el cocinero del rey dando á otro lacayo otro plato, y sin volverse á mirar á quien le hablaba.
—Pues entonces—repuso el joven—sois mi tío carnal, hermano de mi padre Jerónimo Martínez Montiño.
—¿Eh? ¿qué decís?—repuso el señor Francisco volviéndose ya á mirar á quien le hablaba.
Y apenas le vió su fisonomía tomó una expresión profundamente reservada.
—¡Diablo!—murmuró de una manera ininteligible—¡y es verdad! ¡y cómo se parece á!... perdonad un momento... ¡eh! ¡Gonzalvillo! ¡hijo, que vertéis la salsa de la alcaparra! ¡animales! para esto se necesitan manos mejores que vuestras manos gallegas. ¿Conque qué decíais?—añadió volviéndose al joven.
—Digo, que acabo de llegar—dijo Juan Montiño con cierta tiesura, excitado por el carácter repulsivo de su tío.
—¿Pero de dónde acabáis de llegar?...
—De Navalcarnero.
—¡Ah! ¿y quién os envía?