Doña Juana entonces estaba en el cielo, sin haber desaparecido de la tierra.

Asió las manos de los dos jóvenes, los atrajo á sí, los estrechó á un tiempo contra su pecho, y partió con los dos sus besos y sus lágrimas.

Después, separándolos dulcemente de sí, les dijo:

—Necesito justificarme ante vosotros.

—¡Madre y señora!—exclamó don Juan.

—¡Justificaros vos! ¿y de qué?—dijo doña Clara.

—Vos, don Juan, sois noble y á más de noble, hombre de honor; no desmentís la ilustre sangre que por vuestro padre y por mí corre en vuestras venas. Estoy segura, no tengo duda de ello, que os pesa de ser mi hijo.

—¡Ah! ¡no! ¡no!—exclamó don Juan.

—Y vos, doña Clara; vos, cuya fama brilla pura y resplandeciente como el sol; vos, hija mía, vos tan hermosa, que no hay hermosura que os iguale en la corte; vos tan noble como yo y como su padre; vos pretendida por tantos ilustres caballeros, y tan insensible con todos, vos casada con don Juan, enamorada... porque no tenéis que decírmelo... la felicidad brilla en vuestros ojos... enamorada con toda vuestra alma de vuestro esposo, sin duda seríais más feliz si vuestro esposo no fuera mi hijo.

—Os juro, mi buena, mi amada madre, que no.