Doña Clara se puso vivamente encendida, y ocultó su rostro embellecido por la felicidad y por el pudor, en el seno de la duquesa.
—Sois un tesoro, doña Clara—dijo la duquesa, levantando entre sus manos la hermosa cabeza de doña Clara y besándola en la boca.
Don Juan, dominado por su amor, por sus sentidos, apoyó un brazo en el sillón, y en su mano la cabeza.
—Como debo decírselo todo, es necesario que sepa, delante de vos que sois su madre, como quisiera que viera mi alma entera... ¿por qué no he de decirlo...? que al abrir la mampara de la cámara de la reina, al verle delante de mí, me sentí herida, no sé cómo, de una manera dolorosa, y al mismo tiempo dulce; que le amé... que le amé cuanto se puede amar... y después... después... cuando amparada de él corrí á obscuras las calles de Madrid apoyada en su brazo... yo... le amo desde que le vi... y si no hubiera sido su esposa, me hubiera metido monja... ¿cómo queréis que me pese que sea hijo de vos, de la madre que le ha dado el ser para que haga mi ventura?
—Y aunque no os pese, hijos míos... ¿qué pensaréis de vuestra madre?
Los jóvenes bajaron la cabeza..
—Vuestra madre, don Juan, es digna de vuestro respeto; la madre de vuestro esposo, doña Clara, es tan pura como vos... una violencia.... una locura... un mal pensamiento de vuestro padre, tiene la culpa de todo. Yo no sabía, yo no he sabido hasta que he visto el aderezo con que os presentásteis á la corte, hija mía, que era el duque de Osuna el que tan cruelmente abusó del terror, de la debilidad, del aturdimiento de una mujer en una ocasión funesta. Yo no he sido amante de vuestro padre, don Juan, yo no tengo de común con él nada más que vos, que sois nuestro hijo y os he reconocido... porque mi corazón de madre no ha podido contenerse... os he llamado después para abrazaros, para veros junto á mi á solas; para deciros: yo os amo, os amo con mis entrañas, con mi alma, con mi vida... os amo desde el momento en que os sentí alentar en mi seno; os amo más que á mi hijo don Carlos, más, mucho más, porque me habéis sido más costoso, y al conoceros, don Juan, estoy orgullosa de ser vuestra madre... y yo os veré, os veré todos los días... ¿no es verdad que os veré?
—¡Oh! ¡sí!
—Y oíd... cuando vos os apartéis de vuestra esposa...
—¡Apartarse...!—exclamó con profunda energía doña Clara.