—¡En mi cuarto!-exclamó todo hosco el señor Francisco—; ¡con una hija de diez y seis años, y una esposa de veinte, y vos joven!... ¡exponerme á las murmuraciones! no puede ser; buscad una posada.
—Es el caso, que no he traído dinero.
-¿Pero cómo os ha enviado así mi hermano? ¡vamos! las gentes de los pueblos se creen que Madrid es las Indias.
—Vuestro pobre hermano, señor, aunque nada os haya dicho, vive en la miseria, atenido á la limosna de tal cual misa, y á lo poco que yo gano enseñando latín. Pero en la enfermedad de mi tío se han ido nuestros últimos maravedises; ni aun maleta he podido traer... porque... toda mi hacienda la llevo encima.
—¡Diablo! ¡Diablo! pero vos os volveréis al pueblo.
—¿Y qué he de hacer allí después de muerto mi tío, por quien únicamente permanecía en el pueblo?
—De modo, que...
—Aquí me estaré.
—¡Y os venís así á la corte, sin dinero... y aun sin camisas!
—Tío, enseñando latín se gana muy poco.