Juan Montiño se volvía loco.
Sumido se hallaba en una confusión de pensamientos á cual más descabellados, cuando una voz que resonó á sus espaldas le hizo guardar apresuradamente el brazalete y la sortija.
—¡Señor Juan Montiño!—había dicho aquella voz.
Volvióse el joven, y vió un paje que traía ropa de mesa, terciada en un brazo, en la una mano algunos platos, y en la otra dos botellas asidas por el cuello.
—¿Sois vos, señor, el sobrino del señor Francisco Montiño?—dijo el paje.
—Ciertamente, yo soy.
—Pues bien, á vos vengo.
—¿Y á qué venís?
—A serviros de cenar.
—¡Ah!