Después salió de la trastienda doña Catalina, dió algunas monedas de plata á la tendera, se metió en la silla de manos y mandó que la llevasen á su casa.
Cuando entró en ella, se encerró en su recámara con Rivera.
—Voy á encargaros—le dijo—de una comisión muy reservada, y tanto, que si cumplís bien, os saco una bandera para Flandes, y antes de dos años os hago capitán de infantería.
—Sin eso, señora, podéis mandar.
—¿Qué casa tengo yo desalquilada en un lugar retirado de Madrid?
—Vuecencia tiene una á la malicia en la calle de la Redondilla.
—Pedid las llaves de esa casa y con ellas idos á acompañar, encubierto, á Pelegrín Santos, secretario del duque de Lerma, y haced lo que él os mande.
—Muy bien, señora.
—En seguida, buscad un hombre bravo y de puños, que tenga conocimiento con algunos como él, y avisadme cuando le tuviéreis.
—Muy bien, señora.