—¡Asesinada!
Quevedo contó punto por punto á los dos esposos la tentativa de asesinato contra la reina, y el modo extraño y providencial de su salvación.
—¡Oh!—exclamó doña Clara—, ahora menos que nunca me separo de su majestad.
—Dejad, dejad á Dios que la proteja; tened fe en la misericordia divina, y además, por salvar á la reina, no expongáis á perecer á vuestro esposo, al padre del hijo que acaso empieza ya á ser de vuestras entrañas; que sin duda vive ya, porque os amáis demasiado, y sois harto buenos para que Dios no haya bendecido vuestro amor.
—¡Ah! ¡me hacéis temblar, don Francisco!—dijo doña Clara.
—Procurad que vuestro hijo, si vive, no sea huérfano.
—¡Dios mío!
—Hombres como don Juan, que son caballeros desde el seno de su madre, están siempre expuestos á morir sin gloria y sin combate, asesinados entre el cieno de esta infame corte. Creedme, y no vaciléis más.
—Partiremos—dijo doña Clara.
—Pues bien; mandad preparar lo necesario; pedid, entre tanto, la licencia á sus majestades, y adiós, que yo voy á otro lugar que me interesa.