He aquí la carta, á cuya cabeza había una cruz, y debajo las tres iniciales de Jesús, María y José.

«Navalcarnero, á 30 de Noviembre del año del Señor de 1610.»

—¡Ah!—dijo Montiño—; ahora comprendo; estamos á 15 de Diciembre; esta carta ha empezado á escribirse hace quince días, y lo que sin duda hizo anoche mi pobre hermano, fué concluirla; veamos, veamos.

«Mi buen hermano Francisco: Estoy enfermo de unas calenturas malignas; hace algún tiempo que tomaron muy mal aspecto, pero no he querido decírtelo; hoy tengo ya la certidumbre de que estas calenturas acabarán conmigo en un plazo brevísimo, y por una parte, una solemne promesa que hice á nuestro hermano Jerónimo cuando murió, y mi conciencia por otra, me obligan á traspasar á ti un gran secreto de familia.

»El joven que lleva el nombre de Juan Montiño, no es hijo de nuestro hermano Jerónimo.»

—¡Ah!—exclamó interrumpiendo su lectura el cocinero mayor—; bien dije yo cuando dije, que había algo encerrado tras la secatura y la brevedad con que mi hermano me anunció el nacimiento de ese hijo que no es su hijo. Veamos, veamos, porque yo no sé cómo mi hermano Jerónimo, siendo quien era, pudo cargar con hijos de otro.

Y volvió á la lectura.

«No siendo hijo de nuestro hermano, no tengo que asegurarte que tampoco lo es de nuestra cuñada Genoveva, porque te consta que si como era virtuosa y honrada, hubiera sido hermosa, habría sido un prodigio.»

—¡Pero señor!—dijo Montiño deteniéndose de nuevo—¿de quién es hijo este muchacho?

Y siguió leyendo: