—¿Cómo estoy aquí? Yo soy brujo, duque.
Desconcertóse de una manera tal Lerma, que el tío Manolillo soltó una carcajada hueca, larga, pero de un sonido, de una expresión tal, que se le crisparon los nervios al duque.
—Estoy aquí—dijo el bufón—, porque estoy: te tengo en mis manos, porque eres un traidor, un villano.
El duque se creía delante de un poder sobrenatural y no pudo irritarse; le faltaba completamente el valor.
Adelantó vacilante, y se apoyó en el sillón destinado al secretario.
—Siéntate, siéntate y no tiembles—dijo el bufón dulcificando su voz—; nada te sucederá si tú no quieres que te suceda.
El duque se sentó maquinalmente.
—Yo sé todos los secretos de palacio—dijo el bufón—; como que no hago otra cosa que ver y escuchar. Del mismo modo que he hecho que el rey vuelva á llamar á su alrededor á tus enemigos, puedo hacer que el rey los mande encerrar; y del mismo modo, duque, si quiero, puedo llevarte al patíbulo.
—¡Al patíbulo!
—Sí, por traidor al rey y por ladrón.