—Esa es una pregunta de simple. El rey nuestro señor, no es más firme que una caña; le mueve hacia un lado el más ligero vientecillo, y otro vientecillo no mayor, le inclina al lado contrario. Hoy manda prender á don Juan y á Quevedo porque yo he sabido irritarle. Presos serán, porque el rey, aunque no sea rey, se llama al fin rey, y es necesario obedecerle cuando manda. Pero hubiera sobrevenido doña Clara, sobrevendrá, se arrojará á los pies del rey, llorará, le besará las manos... y el rey se derretirá y revocará la orden de prisión, y será capaz de honrar á don Juan y á Quevedo por añadidura. Es necesario que el rey no pueda hacer nada.
—¿Y cómo?
—¿Cómo? poniendo entre la gracia del rey y don Juan, la justicia ofendida.
—Es decir, ¿formando proceso á don Juan por la herida de Calderón?
—Y por añadidura, á don Francisco de Quevedo.
—Y si todo eso sucede, ¿me devolveréis esas cartas que me habéis robado?
—Cuando Dorotea posea completamente á don Juan, ó cuando yo la haya vengado de él.
—¿Pero no consideráis que si la Dorotea sabe que su amante está preso, interpondrá todo su influjo para salvarle?
—Eso quiero yo. Que Dorotea tenga ocasión de demostrar á don Juan hasta qué punto le ama.
—¡De modo que me veo reducido á coaligarme con vos!