—¿Qué si les importa? Voy á revelarte dos secretos.

—¿Dos secretos más?

—¿No te he dicho que soy la comadreja del alcázar, que velo mientras los otros duermen, que todo lo veo y lo oigo? Pues bien; por esa razón sé que tu hija es querida...

—¡Querida!—exclamó el duque afectando una explosión de dignidad ofendida.

—Querida, manceba, moza, entretenimiento, como quieras, de don Francisco de Quevedo.

—¡Mentira!

—Vamos: lo sabías—dijo el bufón—; debe de habértelo dicho tu misma hija.

—¡Que yo sé esa deshonra!

—¡Si en ti todo es deshonra y fango y podre, cubierto por un manto ducal! La manera que tienes de negar esa deshonra que, lo confieso, es grande, me prueba que la conocías.

—¡Oh! ¡oh! ¡yo te juro que esa es una calumnia!