Al año pude contestar, aunque mal, por mí misma á aquel amante que se me había entrado en el alma, y á quien debía el verme cambiada en otra.
Porque ya no era yo la pobre muchacha ignorante que andaba descalza por la playa, entregada al primero que encontraba al paso, abandonada á sí misma; había formado otra concepto del mundo; estaba en una casa rica; proveían mis deseos numerosos criados; vestía ostentosamente; iba á todas partes y á todas partes en litera ó carroza; la buena doña María me amaba y no había sospechado nunca de la verdad de la historia que la habíamos contado su sobrino y yo. Por otra parte, yo, que en realidad me llamaba Ana Pereira, me llamé doña Ana de Acuña, como ahora.
—¿Y cómo pudo ser eso?—dijo admirado el duque de Lerma.
—No lo sé, porque don Hugo no me lo dijo por escrito ni pudo decírmelo de presente.
—¡Cómo!
—¡Don Hugo y yo no nos volvimos á ver!
—¡Y sois su viuda!
—Seguid escuchando. Un día recibí una ejecutoria, que aún conservo, y unos papeles que acreditaban que yo era, en efecto, doña Ana de Acuña, única descendiente de una familia ilustre, pero pobre.
—¿Era rico don Hugo?—preguntó el duque de Lerma.
—Riquísimo.