Pero uno de ellos se levantó y adelantó hasta Montiño, sujetándole por los brazos con unas fuerzas hercúleas.
—¡Eh! ¿qué vais á hacer con este pobre muchacho, señor Francisco Montiño?—dijo con acento socarrón—¿es de personas hidalgas querer maltratar á los amigos que se encuentran cuando se creían perdidos?
—Amigos ¿eh? amigos que me roban mi caudal, y juntamente con él mi mujer y mi hija.
—¿Quién os las quita? ahí las tenéis en aquel lado, que no se atreven á hablaros las pobres porque temen que las maltratéis.
—¡Mi Luisa! ¡mi Inés!—dijo el imbécil Montiño olvidándolo todo por su amor de padre y de marido.
—Sí, sí; tú Inés y tú Luisa—dijo alentada por aquel reblandecimiento del cocinero mayor, su mujer, que ella era en efecto.
En vano quiso Montiño recobrarse; Luisa se había abalanzado á su cuello por una parte y por otra Inés, alentada por el ejemplo de su madrastra; veía por un lado los negros ojos de Luisa, que le miraban de una manera tentadora, y por otro la dulce é infantil cabeza de Inés que le miraba suplicante.
Fuera ó no criminal su familia, Montiño la había llorado, y al encontrarla de nuevo junto á sí, de una manera orgánica, por razón de temperamento, sin poderlo evitar, sin pensar en evitarlo, se alegraba.
Aquella era una nueva desgracia que sucedía al cocinero mayor.
No puede concebirse la audacia de Luisa, sino por la esperanza de que la debilidad de su marido la salvaría del apuradísimo trance en que se encontraba.