—Veríale yo, si la litera abrieses, y en Madrid pudiese encerrarme y perderme; que si tal hicieras, doble habías de ganar de lo que has ganado.
—No hablemos de eso una palabra, porque no me conviene serviros de ese modo... temo á la condesa más que á una daga huída, y por nada del mundo me atrevería á ponerme en su desgracia. Pero otros medios hay, don Francisco, y en dejándoos yo en poder de quien me paga, os serviré de balde.
—¿Y de qué modo?
—Haciendo que la condesa os suelte.
—Antes soltará un ala de las entrañas; empeñada y resentida anda conmigo, y mucho será que no tengamos encierro, duende y comedia para rato... y cada minuto me parece ahora una eternidad; anímate, hijo, y cuenta por tuya una razonable cantidad de los de á ocho y una bandera en los tercios de Italia.
—Os cojo la palabra.
—Entonces, si quieres cogerme, suéltame.
—Os soltaré, ¡vive Dios!
—Pues avisa que paren en llegando á las tapias de la villa.
—No me habéis entendido... yo por mí no puedo soltaros; pero haré que otros os suelten.