La dama continuó callando.
Sólo de tiempo en tiempo dejaba oír un suspiro mal contenido.
—Esos son los relámpagos—continuó diciendo para sí Quevedo.
Al cabo de algún tiempo la mujer hizo un movimiento de impaciencia.
—Encima lo tenemos—murmuró Quevedo.
—¿Sabéis, caballero—dijo al fin la dama—, que sois el traidor peor nacido que conozco?
—Ya lo sabía yo—dijo Quevedo.
—Pues yo quisiera haberlo sabido antes de... antes de haberme olvidado por vos de lo que soy—dijo la condesa de Lemos.
—He dicho que ya sabía yo que no habíais de estaros callada mucho tiempo, doña Catalina.
—¿Y es posible que yo guarde silencio cuando tengo tanto que echaros en cara?