Doña Catalina cerró la puerta por donde habían entrado, se aseguró por sí misma de que las otras puertas estaban cerradas también, y luego arrojó el manto, y apareció deslumbrantemente vestida.
—He aquí—dijo Quevedo—, que el sol sale á la media noche.
—Os he traído á mi cámara de bodas, y para ello me he vestido el mismo traje de mis bodas.
Y luego, sentándose en un sillón y señalando otro á Quevedo, le dijo con la mirada llena de amor, de embriaguez, de encantos:
—¡Cenemos!
—¡Oh! ¡qué feliz podía yo ser!—murmuró Quevedo.
Y luego, sentándose resueltamente, dijo con una voz que espantaba por su sarcasmo, por su desesperación, por su amargura, y con la mirada ardiente y fija en los ojos de doña Catalina:
—Cenemos.