El duque estaba fatigado.

—No puedo más, señor—dijo Santos—; de tanto escribir, se me ha puesto el brazo tan frío y tan pesado como si fuera de plomo.

—Urge, urge, Pelegrín; ya sabes que mi sobrino no ha perdido el tiempo, y que ya está en Madrid; viene irritado contra mí y no perdonará medio; además, se encontrará al duque de Uceda apoderado del príncipe de Asturias, y empezará de nuevo entre ellos la guerra, que vendrá á herirme de rechazo.

—Yo aconsejaría á vuecencia que tomase un partido mucho más prudente, que el de lograr por medio de estas cartas que se corten las quejas que vienen de todas partes—dijo Santos estirándose el brazo derecho y frotándoselo con la mano izquierda.

—¿Y qué partido es ese, Pelegrín?

—¡Hum! vuecencia está muy comprometido.

—Sí, es cierto; pero todo lo que puede suceder será perder la gracia del rey.

—Perdonad, señor, de antemano, lo que voy á decir á vuecencia, porque mi lealtad no me permite guardar por más tiempo silencio.

—¡Crees tú!...

—Creo que puede sucederos peor que perder la gracia del rey.