—Pero venid acá; ¿no veis que nosotros solos no podemos hacer ese negocio?

—¿Y por qué? ¿Acaso me vendréis á decir, á quererme hacer creer que la señora María y vos no tenéis mil y quinientos doblones?

—La dificultad no es el dinero, sino la seguridad de él; nosotros no conocemos la letra de la reina, y vos...

—Yo no la conozco tampoco.

—Señor Francisco, vos sois más en palacio que cocinero del rey.

—¡Y bien! ¿Qué? no quiero meterme en este negocio.

—O queréis hacerlo vos solo—dijo irritado por la codicia el tío Cornejo.

—Hablemos en paz, señor Gabriel—dijo el cocinero mayor—, y concluyamos, concluyamos de todo punto. No digáis á nadie lo que á mí me habéis dicho, porque podríais ir á la horca.

Echóse á temblar aquel viejo lobo, porque le constaba que el cocinero mayor era uno de esos poderes ocultos que, bajo una humilde librea, han existido, existen y existirán en todas las cortes.

—En cuanto al negocio—añadió Montiño—, no me meto en él; haced lo que queráis, y lo mejor que podéis hacer ahora es... iros.