Al fin se separaron, se miraron, y don Juan vió en los ojos de su mujer lo que jamás había visto, lo que ni aun había sospechado, lo que no sabía que existiese: un amor sobrenatural, una vida que vivía en su vida; una alegría que era su alegría; un alma que absorbía la suya, la envolvía, la acariciaba y la defendía; una fuerza infinita de absorción que no le dejaba vida, ni deseo, ni voluntad como no fuesen para doña Clara.
Habíale parecido su mujer hermosa: pero entonces le pareció que la hermosura de su mujer no pertenecía á la vida, que tenía algo de fantástico, de divino.
—¡Juan de mi alma!—le dijo doña Clara—; vámonos de aquí: me parece que me van á arrancar de tus brazos, que se va á cerrar de nuevo esa puerta, que no te voy á volver á ver. Vámonos, vámonos; estás libre; he traído la orden yo misma, y nadie puede impedirte que salgas; nadie, como no sea Dios, me volverá á separar de ti.
—¿Quién te ha dado esa orden, Clara mía?—dijo don Juan acordándose á pesar de todo de la pobre Dorotea.
—¡La reina!—contestó doña Clara—; no sé por qué medio: anoche yo me arrojé en balde á los pies de su majestad: en balde la reina suplicó al rey. Ni aun pudimos saber dónde estabas preso.
—¡La reina te ha dado esa orden!—dijo profundamente pensativo don Juan, que no acertaba á comprender cómo aquella orden había pasado de las manos de Dorotea á las de la reina.
—Sí, sí—repuso impaciente doña Clara—; ¿pero qué importa eso? Lo que importa es salir de aquí.
Y tiró de su marido, que se dejó conducir.
Al pasar por la alcaidía, el alcaide les salió al encuentro respetuosamente y gorra en mano.
En la otra mano tenía una daga y una espada, sencillas pero hermosas y fuertemente bruñidas las empuñaduras de acero.