Doña Clara sacó un precioso bolsillo, y de él dos doblones.

—Aquí sobra dinero, señor—dijo con un acento particular el alcaide, al recibir las dos monedas de oro.

—Guardadlo—dijo don Juan.

—Viváis mil años, señor—dijo el alcaide apresurándose á abrir la puerta.

Doña Clara, llevando á don Juan de la mano, salió de la torre con la precipitación y alegría con que sale un pájaro á quien abren la jaula, y se metió con su marido en la litera.

—¡Ah!—dijo, cuando se vió caminando hacia el alcázar—, ¡gracias á Dios que ha pasado esta horrible pesadilla!

Y estrechó de una manera ardiente las manos de su marido que tenía entre las suyas.

Don Juan, sin embargo, se mostraba sombrío, pensativo y cabizbajo.

Le preocupaban el recuerdo de Dorotea y la cita que tenía aquella noche con ella en Puerta de Moros.

CAPÍTULO LXXVI