—Es una prueba de traición á favor de la Inglaterra contra el duque. ¿No es verdad? Pues lee estotra.

—¡Señor, señor!—exclamó el cocinero después de haber leído aquella segunda carta.

—Aquí se prueba que Lerma roba al rey, ¿no es verdad?

—Sí, sí.

—¿Y crees tú que quien tiene éstas y otras terribles pruebas contra Lerma no te tiene en sus manos?

—¡Dios mío!—exclamó medio muerto de terror el cocinero.

—¿Y crees tú que si yo digo á Lerma: «la vida de Francisco Martínez Montiño por estas cartas», no te llevará Lerma al cadalso?

—Tened compasión de mí, Manuel; tened lástima de un hombre de bien que ningún mal os ha hecho.

—Dorotea necesita vengarse, y para vengarse te llama. Tú eres mío y yo uso de ti. ¿Qué importa una muerte más? ¿No mataste anoche al amante de tu mujer?

—¡Le mató Dios, le mató Dios! ¡Yo solo fuí la mano de Dios!