—Encended una luz.

—Dejad, dejad que descanse un tanto, tío Manolillo—contestó humildemente el cocinero—; acabo de sentarme y estoy rendido; nunca he trabajado tanto; es cierto que las confituras y los hojaldres y las empanadas se han traído de fuera, pero así y todo, he hecho más de doce platillos en tres horas, y buenos todos, y sin oficiales, ni aun siquiera galopines. Sólo yo podría hacer otro tanto; ¡qué día! ¡qué día, Señor!

—Después descansaréis—dijo el bufón—; pero antes, concluyamos; encended, encended la luz.

—¿Pues qué? ¿no hemos concluído?—dijo el cocinero levantándose.

—Yo creo que no.

—Pues yo creo que sí—dijo el cocinero mientras encendía una tras otra seis bujías que puso sobre los bufetes.

—¿No os ha hablado Dorotea de cierta confitura que ha de ir á la mesa, señalada con un lazo de seda negro y rojo?

Montiño se estremeció todo; sus ojos erraron vagos, atónitos, espantados, sin fijarse en ningún objeto.

—El lazo está aquí—dijo tomando un papel ahuecado de un aparador el tío Manolillo—, y muy bello por cierto; como que me ha costado tres reales, á pesar de ser una quisicosa; mirad, mirad, Montiño; ¿no es verdad que es muy bello?

Y desenvolvió el papel y mostró al cocinero un precioso lazo de seda.