Como había previsto Quevedo, la pólvora había hecho volar la reja.
Y sin pararse á meditar si la altura era ó no tal que pudiese arrojarse á tierra un hombre sin peligro, Quevedo se dejó caer.
Pero Quevedo no había contado con el reblandecimiento de la tierra por una lluvia que había sido constante durante cuatro días, y sucedió lo que no podía menos de suceder: que al llegar al suelo se clavó hasta las rodillas en una tierra gredosa, quedando preso y en la completa imposibilidad de salir por sí solo.
Dejémosle allí para concluir este capítulo y sigamos á la condesa de Lemos.
Su primer cuidado fué cambiar absolutamente de traje y tomar uno que no se hiciese sospechoso á su marido.
Por poco que quiso tardar, tardó lo bastante para que, cuando fué á encontrar al conde de Lemos, que estaba en la cámara principal de la quinta, éste la recibiese de una manera duramente excepcional.
Ni uno ni otro dieron señales de alegría al verse, como convenía á esposos que habían estado separados largo tiempo.
La condesa hizo una reverencia á su marido, y don Fernando de Castro bajó levemente la cabeza en contestación al saludo de doña Catalina.
—Paréceme, señora—dijo el conde—, que habíais tomado la resolución de haceros ermitaña.
—Si lo sabíais no debíais haber dado ocasión á disgustarme, respetando mi voluntad.