Despidieron todos servilmente, pajes, lacayos y galopines, al cocinero de su majestad, y recibiendo iguales saludos de la servidumbre que ocupaba las habitaciones por donde pasaron, salió á la calle, siguió, torció una esquina, recorrió una tortuosa calleja, dobló otra esquina, y al comedio de otra calleja obscura se detuvo.

—Ese es el postigo de la casa del duque—dijo el cocinero mayor.

—¿Y por ahí ha de salir el hombre que lleva consigo esas cartas que comprometen á su majestad?

—Sí, don Rodrigo Calderón; pero saldrá tarde; aunque te llaman luego á palacio, esto importa más, créeme; espera aquí, porque podrá suceder que don Rodrigo salga temprano, dentro de un momento; podrá suceder también que salga acompañado; en ese caso... déjale, y vuelve mañana á este mismo sitio hasta que le veas solo. ¿Pero estás seguro de tu valor y de tu destreza?

—Cuando se trata de la reina, tío, no hay que pensar más que en servirla.

—Pues bien; ocúltate, que no puedan verte; aquí en este soportal. Y adiós; voy á ver ahora mismo á mi hermano Pedro.

—Quiera Dios, tío—dijo tristemente el joven—, que le encontréis vivo.

—Adiós, sobrino, adiós; nunca he sufrido tanto; quisiera irme y quedarme.

—Id tranquilo, tío, que como Dios me ha sacado de otros lances, me sacará de éste.

—Dios lo quiera.