—¡Y cantábais!
—Por entretener la espera.
—Pues más voy á tardar—dijo Montiño entrando en una pequeña habitación y sacudiendo su capa, que estaba empapada por la lluvia.
—¿Cómo que vas á tardar, Francisco?—dijo una joven hermosa también, y como de veinte años, que al levantarse para tomar la capa del cocinero mayor, dejó ver que estaba abultadamente encinta.
—Sí, Luisa, sí; me obliga el hacer un pequeño viaje ahora mismo, un asunto bien desagradable.
—¡Y con esta noche!...—dijo Luisa.
—Mi hermano el arcipreste—dijo tristemente el cocinero mayor—se muere, y acaso no llegue á tiempo ni aun de cerrarle los ojos.
—¡Oh! ¡qué desgracia!—dijo Luisa.
—¡Está de Dios que yo no conozca á ningún pariente mío!—añadió Inés.
—No hay que afligirse demasiado—dijo Montiño—, nacemos para morir y mi hermano era viejo.