—Basta de locuras, don Juan—dijo Dorotea—; os he llamado para cenar con vos antes de separarnos para siempre.

—¡Separarnos! pero eso no puede ser.

—¿No veis que estoy vestida de una manera particular?

—Eso es, Dorotea, que os habéis propuesto demostrarme que sois más blanca que las perlas, que vuestros ojos brillan más que los diamantes, que vuestra hermosura domina á todas las riquezas.

—No, no por cierto, don Juan; es que me he vestido de boda.

—¡Ah! ¡para casaros conmigo!

—No, porque vos sois casado. El esposo que he elegido, será enteramente mío, y yo seré enteramente suya; nada alterará la paz de nuestra unión; nadie podrá separarnos; fiel yo para él, él será fiel para mí, y ningún pensamiento, ningún recuerdo ajeno empañará nuestra unión.

—¿Es decir, que me olvidaréis?

—Sí.

—No os creo.