—Sí, mucha, muchísima; ¡Dios mío! vos lo sois todo para mí; sin vos no quiero nada... sin vos... sin vos, la vida es para mí una carga insoportable. Pero cenemos, don Juan, cenemos.

—Si vos cenáis—dijo sonriendo don Juan—, cenaré yo.

—Tenéis razón; más fácil sería que una gota de agua horadase una roca, que el que yo pudiese pasar un solo bocado. Tengo el cuerpo y el alma, el corazón y los sentidos, llenos de vos; nada veo más que vos, nada respiro más que el amor que siento por vos.

—¿Y á qué entonces esa extraña mentira?

—¿Qué mentira?

—La de vuestro casamiento.

—Quisiera que no fuese una horrible verdad.

—Os repito que no os comprendo.

—Dentro de poco me comprenderéis.

—¿Y me amáis?