—Sí, sí; lleváoslo.
—Esperad, esperad—dijo don Juan levantándose y dando algunos pasos hacia Dorotea.
—¡Que hacéis!—dijo dulcemente el padre Aliaga.
—¡Dejadme, por Dios, que la vea la última vez!
—Apartad, caballero, apartad, y no profáneis ese cadáver—dijo el padre Aliaga, poniéndose delante de Dorotea.
—¡Oh! ¡para qué quiero vivir!
—¡Para doña Clara de Soldevilla, para vuestra esposa!—dijo severamente Quevedo—; ¡ya que esa desgracia es irremediable, no causéis otra desgracia mayor!
—¡Clara! ¡mi esposa!—exclamó don Juan.
Y se dulcificó la rigidez de su semblante, sus ojos se humedecieron y lloró.
—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!—dijo—; la vida es un sueño de Satanás!