Helósele de repente en las venas la sangre al cocinero mayor.
Y tal comezón le dió en saber lo que le hubiera sido mejor ignorar, de tal modo le impulsaron su terror y su conciencia, que sin encomendarse á Dios ni al diablo, se acercó á las dos viejas y las dijo:
—Perdonen voacedes, pero he oído no sé qué de una muerte que me ha trastornado.
—¡Qué! ¡si todo Madrid está que lo ahogan con un cabello, y aquella casa parece un jubileo!—dijo una de las viejas—; yo he sudado y me he estropeado para poder entrar donde está la difunta, y me han roto la saya; ¡si aquello es mucho! ¡y qué lujo! y allí están todos los cómicos del corral de la Pacheca, y los del coliseo del Príncipe, y los del coliseo de la Cruz, y muchos señores, y muchos grandes, y cuatro lacayotes con hachas, que diz que son del señor duque de Lerma, que diz era querido de la comedianta; y allí está también el inquisidor general y otros religiosos, todos rezando, y la sala hecha un ascua de oro de luces, y la calle que no cabe un alfiler de gente, y todos tristes, y todos llorosos; y están dando limosna á más y mejor en la puerta á todos los pobres que llegan. ¡Si parece que se ha muerto una persona real! Cuando nosotras doblemos la cabeza y nos quedemos como un pollo con moquillo, nos agarrarán de un zancajo y nos echarán á un estercolero. ¡Pues ya se ve! ¡como era tan hermosa!... y como era querida de un señor... ¡he ahí! Quede vuesa merced con Dios. Vamos, tía Brígida, vamos, que ya es tarde.
El cocinero mayor no oyó ni la mitad de la relación de la vieja; la noticia de que la Dorotea había muerto de repente, le había encogido, le había helado, le había dejado inmóvil, presa de uno de esos pavores que no se comprenden, si alguna vez no han pasado por nosotros.
Él, aunque se había quedado con doña Clara Soldevilla en la casa, donde había entrado con aquella señora al nombre de la Inquisición, pronunciado por el padre Aliaga; como don Juan y Quevedo habían ido á buscar á doña Clara, Montiño no sabía nada acerca de la muerte de Dorotea, porque Quevedo le había echado con cajas destempladas, sin darle explicación alguna, para quedarse solo cuanto antes con doña Clara y don Juan.
En el mismo punto se fué al alcázar, evitando pasar por el sitio donde se suponía muerto al bufón; se había metido entre sábanas, y había pasado la noche con la cabeza tapada y con fiebre.
Por la mañana se durmió y despertó á las diez.
Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio...
(Entre paréntesis: al meter Quevedo aquella noche, cuatro horas después de la muerte de Dorotea, á doña Clara y á don Juan, en un coche, que tenía prevenido Francisco de Juara en el mesón del Bizco, cesó de repente la lluvia; lentamente se despejó el cielo; luego amaneció claro, y un sol brillante inundó de una luz dorada el espacio; parecía que al despejarse completamente la situación de nuestros personajes, se había creído el cielo obligado á despejarse también; esto pudo ser una casualidad, pero una casualidad reparable.)