Pocos días después, al entrar por la mañana en el aposento de Francisco Montiño el hombre que le asistía, le encontró sentado sobre la cama, mirando con extrañeza cuanto le rodeaba.
—¡Dónde estoy!—dijo—; ¡y mi mujer! ¡dónde está mi mujer! ¡dónde está mi hija! ¡y tan tarde, y sin haber acudido á las cocinas!
El asistente le creyó más loco que nunca.
Y sin embargo, Montiño había recobrado la razón, pero para morir.
Cuando le dijeron cómo había vivido seis años; que su mujer le había robado y abandonado; que su hija había desaparecido con el paje Cristóbal Cuero; que vivía de la caridad del duque de Osuna, Montiño fué lentamente desplomándose; cuando, por último, le contaron que nombraba continuamente á Dorotea, un grito horroroso, un rugido terrible salió del pecho del desdichado, y cayó sobre el lecho acometido de un vértigo mortal.
Llamóse al padre Aliaga, que no se separó de él, y tanto se esforzaron que le creyeron salvado.
Había dejado el lecho.
Pero el mismo día en que le dejó, en que salió á la calle, le esperaron en vano.
Llegó la noche y tampoco vino.
Al día siguiente se supo que le habían hallado muerto sobre la sepultura de Dorotea.