—Casásteisla entonces con vuestro sobrino; vendísteis á vuestra hija...

—Era una alianza conveniente...

—Pudo conveniros á vos, no á ella. Conviniérala como mujer honrada y honesta, y discreta, y bien nacida, no porque de vos viniera, sino porque nació buena, otro hombre, más amor, más alma, más valor y dicha la verdad sea, más vergüenza. Que si el conde de Lemos tuviera todas estas cosas y con ellas alguna discreción y buen ingenio, bien casada estuviera vuestra hija, y no escribiera yo despechado al verla tan mal casada, tan enterrada en vida, aquello de:

Oro es ingenio en el mundo,
oro en el mundo es nobleza
y el que en vanidades trata
de vanidad se sustenta.
Con un leproso del alma,
su padre casó á Teresa...

Con lo demás que decía el romance, que si no hizo reir á nadie por el chiste, os hizo á vos llorar de rabia por lo claro, y dar conmigo en San Marcos, con tan poco disimulo de la causa, que todo el mundo tuvo por culpa de ella al romance, y por doña Catalina á la doña Teresa que el romance cantaba.

—¿Y creéis que aunque anduvísteis extremadamente injusto, apasionado y mordaz en el tal romance, fué esta sola la causa de vuestra prisión?

—Sé que anduvieron también en ella vuestras antiparras.

—Más claro.

—Por turbias que sean esas antiparras para el duque de Lerma, todos ven que son ellas don Rodrigo Calderón.

—¡Ah! ¡el bueno de mi secretario!