—Sin embargo, no ha gustado mucho al rey que vuestro sobrino haya llevado á picos pardos al príncipe de Asturias. Y como el rey, aunque no es muy perspicaz, sabe que vos y el conde de Lemos sois una misma cosa; y como vuestro hijo el duque de Uceda se impacienta por ocupar vuestro puesto; y como la reina trabaja contra vos todo lo que puede; y como Olivares atiza, pensando en su provecho; y como Calderón, creyéndose ya poderoso, no disimula su soberbia; y como Espínola desde Flandes pide hombres y dineros; y como suceden tantas y tantas cosas que no debieran suceder, si no mandárais vos, que no debíais mandar; y como vos creéis que el duque de Osuna me ha nombrado su secretario por algo, y que por algo también me pide en una y otra carta, nada de extraño tiene que yo piense que si quisiera podía vengarme de don Rodrigo enviándole á galeras y de vos haciéndoos mi secretario.

—Conócese—dijo el duque sonriendo á duras penas—que aún os dura la rabia del encierro.

—Os hablo desembozado y nada más.

—¿Y si fuese cierto que yo necesitase de vuestra ayuda?...

—Os la negaría, porque ayudaros á vos, sería desayudar á la patria y hacer traición al rey.

—Supongo que no os habréis atrevido á llamarme traidor.

—No; pero sois ciego, soberbio y codicioso.

—Os habéis propuesto decididamente enojarme, cuando yo hago todo lo que puedo por haceros mi amigo.

—No debe enojaros la verdad; no puedo ser yo amigo vuestro.

—Sin embargo, si no recuerdo mal, me habéis ofrecido vuestra amistad.