A los demás, don Rodrigo Calderón, que él era, debía imponer respeto, y lo imponía.
Pero delante del duque de Lerma, el más hinchado de los hombres hinchados, don Rodrigo se apeaba de su soberbia para transformarse en un ser humilde, casi vulgar, en un criado, en un instrumento.
Pero esto sólo en la apariencia.
Lo que demuestra que era superior al duque, puesto que le comprendía, y comprendiéndole usaba de él, humillándose.
Cuando entró se inclinó respetuosamente, y su semblante tomó la expresión más humilde y servicial del mundo.
Sin embargo, todos sus esfuerzos y toda su servil experiencia de cortesano no bastaron para borrar de su semblante cierta expresión de profundo disgusto, de ansiedad, de molestia y de un malestar doloroso.
El duque lo notó, receló, pero sin embargo disimuló y ocultó profundamente su recelo.
—¿Qué os sucede?—le dijo—¿no estáis satisfecho de las ventajas que acabamos de alcanzar?
—¡Ventajas! ¡ventajas! tengo la desgracia de no verlas, señor—contestó con voz apagada don Rodrigo—; si llamáis ventajas el haber logrado que se sienten á vuestra mesa y hablen como amigos el señor duque de Uceda vuestro hijo, el conde de Olivares y don Baltasar de Zúñiga...
—Por el momento parecen desalentados, vienen á nosotros, olvidan sus diferencias y se estrechan las manos.