—No querían, pues, mataros: no era la reina.

—Al contrario, la generosidad de ese hombre me confirma más en mis sospechas; la reina se horroriza de la sangre... como vuecencia; la reina, sin duda, ha querido decirme: aunque soy mujer, y me tenéis obligada al silencio, puedo en silencio mataros; tengo una valiente espada que me sirve.

—¿Pero no se os ocurre que vuestro vencedor pudo quitaros las cartas?

—La reina no sabe que por guardarlas mejor llevo siempre las cartas conmigo.

—¿Y no se sabe quién es ese hombre que ha defendido á la reina?

—No lo sé aún, pero lo sabré; le he hecho seguir por un hombre que no le perderá de vista.

—Pues bien; lo que más urge ahora es desenredar este misterio de la reina, ver claro: saber cómo, por dónde puedan entrar personas extrañas en la cámara de la reina, y cómo la misma reina puede salir sin ser vista de nadie. Hay ciertos pasadizos en el alcázar que han estado á punto de causarnos graves disgustos. Haced que las gentes que están al lado del rey, cuenten sus pasos, oigan sus palabras...

—Tal las oyen, que aconsejo á vuecencia haga dar una mitra al confesor del rey.

—¡Cómo!

—Fray Luis de Aliaga ha pasado toda la tarde al lado de su majestad, mientras vuecencia reconciliaba á sus enemigos y se creía por su reconciliación libre de cuidados.