—Segurísima; como que la primera carta que me dió, se la vi escribir en la sala de las Meninas un día que estaba de guardia.
—Bien, no importa—dijo la reina.
—Sí; sí, por cierto—dijo doña Clara—; importa demasiado, y cuando se está en una lucha tan peligrosa como la que vuestra majestad sostiene con ese miserable, es necesario no dejar pasar nada desapercibido. No, no está escrito este memorial de su mano, y siendo tan importante lo que en este memorial se contiene, indica que hay otro traidor desconocido que sabe los secretos de vuestra majestad.
La reina se puso levemente pálida.
—Dios nos ayudará, sin embargo—dijo—, como ya ha empezado á ayudarnos procurándonos á ese joven, que indudablemente es leal.
—Y amigo de don Francisco de Quevedo... que está en la corte.
—Pues bien; nos valdremos de don Francisco por medio de ese joven, que pronto será también de palacio y además está enamorado como un loco de ti y con razón...
Doña Clara se puso encendida.
—Además—dijo la reina, que había quedado pensativa—; podemos contar con otra persona más importante de lo que parece...
—¡Una persona importante!