—Me declaro por lo de las piezas mayores; veamos. Primera pieza.

—Su majestad el rey de las Españas y de las Indias, á quien Dios guarde.

—Te engañaste, hermano bufón; tu lengua se ha contaminado y anda torpe. El rey no puede ser pieza mayor... por ningún concepto. Y lo siento, porque el tal rey es digno de esa, y aun de mayor pena aflictiva. La reina es demasiado austriaca.

—Y demasiado mujer, á lo que juntándose que hay en la corte gentes demasiado atrevidas...

—De las cuales vos no sois una de las menores.

—Tengo pruebas...

—Pues mostrad, tío Manolillo... dadme capote, que por más que lo sienta os aplaudiré... ¡pero engañarme yo tratándose de mujeres!... ¡creer yo á la buena Margarita de Austria!... si de esta vez me engaño, ni en la honra de mi madre creo... con que desembuchad, hermano, desembuchad, que me tenéis impaciente, y tanto más, cuanto tengo que haceros preguntas de dos años. ¿Quién es el rey secreto?

—Para que lo fuera por entero, sólo podía ser don Rodrigo Calderón.

—¡Tá! ¡tá! os engañáisteis, hermano.

—Don Rodrigo tiene cartas de la reina.