—Sí.
—¿Qué oísteis...?
—Estas ó semejantes palabras: «me va en ello la vida ó la honra...» ello era gravísimo. ¿Y queréis que sea franco con vos? He creído que quien pronunciaba aquellas palabras era...
La tapada puso su pequeña mano sobre la boca del joven, y éste, aprovechando la ocasión, la retuvo, la besó; la dama dió un ligero grito, y desasió con fuerza su brazo de la mano del joven; en ésta quedó un brazalete, que el joven guardó rápidamente, y aprovechando el haberse descompuesto el manto de la dama, la miró:
—¡Ah!—exclamó con desesperación.
—Está la noche muy obscura—dijo la dama cubriéndose de nuevo.
—¿Y no tendréis compasión de mí...?
—Escuchadme y servidme.
—Os serviré.
—Desde aquí voy á seguir sola.